Instituto Evangelico Pentecostal
  ACERCANDONOS A LA BIBLIA
 



Acercandonos a la Biblia

¿Qué es la Biblia?

Revelacion

La teología bíblica forma una entidad orgánica.  Esto significa no sólo que uno puede acercarse a cualquier aspecto del tema empezando en cualquiera de sus partes (aunque ciertamente hay algunos puntos que son más útiles que otros), sino también que tratar algún elemento de la teología bíblica como si existiera en un espléndido aislamiento, distorsiona seriamente el cuadro total.

Con ningún otro tema esta verdad es tan obvia como con aquel que se relaciona con la doctrina de la Escritura que un individuo sostiene. En esta época escéptica es dudoso si una comprensión articulada y coherente de la naturaleza de la Escritura  y su interpretación pueda sostenerse por mucho tiempo,  si no hay al mismo tiempo una comprensión del punto de vista bíblico de Dios, del ser humano, del pecado, de la redención y de la carrera de la historia hacia su meta final.

Por ejemplo, si es verdad que las Escrituras nos cuentan acerca de Dios, por lo menos la clase de Dios que él es, no es  menos verdadero que a menos que Dios sea realmente ese tipo de Dios que la Biblia dice, es imposible apreciar la Palabra por lo que es.  Para acercarnos a la Biblia adecuadamente es importante saber algo del Dios que la respalda.

Dios es a la vez trascendente (esto es, él está “más allá” del espacio y del tiempo) y personal.  El es soberano y es el creador todopoderoso a quien el universo entero debe su existencia; sin embargo, él es el Dios quien por gracia condesciende para relacionarse con nosotros los seres humanos a quienes él mismo formó a su propia imagen.  Puesto que  nosotros estamos limitados por el tiempo y el espacio, Dios nos encuentra aquí; él es el Dios personal que se relaciona con otros seres, personas que él hizo para que le glorifiquen y que se gocen en él por siempre.

Dios ha escogido revelarse a nosotros porque de otra manera sabríamos muy poco acerca de él; su existencia y poder están revelados en el orden de la creación, aunque ese orden ha sido profundamente manchado por la rebelión humana y sus consecuencias (Gén. 3:18; Rom. 8:19–22; ver Sal. 19:1, 2; Rom. 1:19, 20). También es cierto que en la conciencia humana está reflejada una débil imagen de los atributos morales de Dios (Rom. 2:14–16). Sin embargo, este conocimiento no es suficiente para conducir a la salvación.  Además, la pecaminosidad humana es tan sutil que se dedica no poca energía para restar valor aun a tal revelación como la de la creación. Pero en su gracia inmensurable Dios ha intervenido activamente en el mundo que él creó para revelarse a los seres humanos en formas mucho más completas.   

Esto fue cierto aun antes de la caída.  Dios había asignado ciertas responsabilidades a las criaturas que él hizo a su imagen (ya eso en sí es una revelación), y entonces se encontró con ellos en el huerto que les había preparado.  Cuando Dios escogió a Abraham, estableció un pacto con él, revelándose como su Dios (Gén. 15; 17). Cuando redimió a Israel de la esclavitud, Dios no sólo conversó con  Moisés, sino que  también se mostró a sí mismo en las terribles plagas y en los truenos y relámpagos de Sinaí. Aunque el mundo es suyo, Dios escogió a Israel como su pueblo del pacto haciendo de ellos un reino de sacerdotes y una nación santa (Exo. 19:5, 6). Se reveló a ellos no sólo en manifestaciones extraordinarias de poder, pero también por medio de su Tora (lit. “instrucción”) que incluía no sólo instrucciones detalladas para el diario vivir, si no que además estructuras enteras de observancias religiosas obligatorias (tabernáculo, templo, sacrificios, sacerdocio).

A través del periodo que cubre el AT, Dios se reveló en providencia (p. ej. los arreglos que llevaron a José a Egipto, Gén. 37–50; 50:19, 20; el des velo de Jerjes una cierta noche de su vida, Est. 6:l ss.; los decretos de Ciro y Darío que facilitaron la vuelta de algunos hebreos a Jerusalén después del exilio), en eventos milagrosos (p. ej. la zarza ardien do, Exo. 3; el fuego en el monte Carmelo, 1 Rey. 18)  en las palabras proféticas (la “palabra del Señor” repetidamente “viene” a los profetas), en poesía y cantos (p. ej. los salmos).  Pero aun mientras los creyentes del AT sabían que Dios se había manifestado a su pueblo del pacto, eran conscientes de que él había prometido una revelación más clara en el futuro. Dios prometió un tiempo cuando una nueva raíz saldría del linaje de David (Isa. 11), un hombre que se sentaría en el trono de David, y que sería llamado Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz (Isa. 9).  Dios mismo descendería a la tierra y traería un cielo nuevo y una tierra nueva (Isa. 65). El derramaría su Espíritu (Joel 2), introduciendo un nuevo pacto (Jer. 31; Eze. 36),  resucitaría los muertos (Eze. 37) y mucho más.

Los escritores del NT están convencidos de que la autorrevelación de Dios y su salvación (largamente esperada) fueron realidad en la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios.  En el pasado Dios se había revelado por los profetas, pero en estos últimos días él se ha revelado suprema y finalmente  en su Hijo (Heb. 1:2). El Hijo es la imagen perfecta del Padre (2 Cor. 4:4; Col. 1:15, Heb. 1:3); en él habita toda la plenitud de Dios (Col. 1:19; 2:9).  El es la encarnación de la autoexpresión de Dios, él es el Verbo de Dios hecho carne (Juan 1:1, 14, 18).

Esta revelación centrada en el Hijo se encuentra no sólo en la persona de Jesús, sino también en sus hechos.  Dios revela y efectúa el plan divino de la redención no sólo en las enseñanzas, predicación y sanidades de Jesús, pero supremamente en la cruz y en la resurrección.  Por el Espíritu que el Cristo exaltado ha dado (Juan 14–16) Dios convence al mundo (Juan 16:7–11), asiste a los creyentes en su testimonio (Juan 15:27, 28) y, sobre todo, Dios se les manifiesta al habitar en ellos (Juan 14:19–26). Así Dios se revela por el Espíritu Santo, quien es la garantía divina y arras de la herencia prometida (Ef. 1:13, 14).  Un día la revelación  última y completa ocurrirá, y cada rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre (Fil. 2:11; cf. Apoc. 19–22).

Lo que se debe enfatizar es que una comprensión genuinamente cristiana de la Biblia presupone al Dios de la Biblia, un Dios que se da a conocer en una variedad de formas para que los seres humanos puedan saber el propósito para el cual fueron creados: conocer, amar y adorar a Dios, y deleitarse de tal manera en esa relación que Dios  sea glorificado mientras ellos reciben el beneficio incomparable de llegar a ser todo lo que Dios quiere que sean.  Cualquier conocimiento verdadero y genuino que los seres humanos tengan de Dios depende principalmente de su autorrevelación.

La Palabra de Dios

Lo que no debemos pasar por alto es que este Dios es un Dios que habla.  Sin duda, él se nos revela en muchas maneras, y la palabra no es la menor de ellas.

En castellano “revelación” puede entenderse en forma activa o pasiva, eso es, ya sea como la actividad con que Dios se revela, o como la sustancia (que se da a conocer) de dicha manifestación.  Cuando la expresión se refiere a la autorrevelación de Dios, el sentido activo ve a Dios dándose a conocer por palabras, en tanto que el sentido pasivo apunta a  las palabras mismas toda vez que ellas constituyen el mensaje que Dios ha escogido entregar.

La importancia del hablar de Dios como un medio fundamental de su revelación no puede ser sobrestimado.  La creación misma es el producto del hablar de Dios; Dios habla y los mundos llegan a existir (Gén. 1). Muchos de los hechos más dra máticos de la revelación de Dios no habrían podido ser comprensibles si la palabra hablada de Dios no les acompañase. Moisés ve la zarza ardiendo con curiosidad, hasta que la voz le dice que se quite las sandalias, y le asigna nuevas responsabilidades. Abraham no habría tenido razón de salir de Ur, si no fuera por la revelación de Dios a través de pa labras.  Vez tras vez los profetas llevan la carga de “palabra del Señor” al pueblo. La revelación verbal es esencial aun en el caso del Señor Jesús: durante los días de su encarnación, él fue principal mente el Maestro. Además, aparte de la explicación del significado de su muerte y resurrección preservada en los Evangelios y las epístolas, aun estos eventos importantes no habrían sido comprensibles y habrían permanecido trágicamente  en la oscuridad. Es tan central el hablar de Dios en su autorrevelación que cuando Juan el evangelista busca una manera cabal para referirse a la última revelación de Dios en su  Hijo, escoge referirse a  él como “el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios...  el Verbo se hizo carne” (Juan 1:1, 14). El que montaba el caballo blanco de Apoc. 19 es llamado “Fiel y Verdadero... Está vestido de una vestidura teñida en sangre, y su nombre es llamado EL VERBO DE DIOS” (19:13).

Por supuesto, al establecer que Dios es un Dios que habla, y que sus palabras constituyen un elemento básico en la bondadosa manifestación de sí mismo a nosotros, no demuestra en absoluto que la Biblia sea el producto de esa revelación activa, siendo así una revelación en el sentido pasivo. Es cierto que la expresión “palabra del Señor” en la Biblia tiene una variedad de usos; todos  ellos indican que Dios habla, que no es simplemente un Dios impersonal, “fuerza de la existencia” o un “otro” misterioso, pero la variedad de usos es digna de considerar. Por ejemplo, con frecuencia se dice que “la palabra de Dios” o “la palabra del Señor” “vino” a uno de los profetas (p. ej. Jer. 1:2; Eze. 30:1; Ose. 1:1; Luc. 3:2). Cómo esta “palabra” o “mensaje” viene, generalmente no se explica. Sin embargo, es obvio que aun estos ejemplos son suficientes para de mostrar que en la Biblia misma “la palabra de Dios” no necesariamente es idéntica con la Escritura.

Quienes hacen esta observación van más allá y argumentan que es inapropiado hablar de las Escrituras como la  Palabra de Dios.  Paralelamente sostienen que si “la palabra de Dios” es usada para re ferirse a la Biblia, esto debe ser en un sentido general: tal como “el mensaje de la Biblia”, o “aquello que Dios ha dicho en términos  generales a los testigos humanos”, o algo similar. Esto no debe usarse para referirse a las palabras mismas de la Escritura.

Pero seguramente esto implicaría errar en otro sentido. Jesús puede reprender a sus opositores por poner sus tradiciones por encima de “la palabra  de Dios”  (Mar. 7:13), y lo que él tiene en mente es la Escritura que había en existencia. Si algunos mensajes de Dios están dados en términos muy generales, muchos están dados como oráculos, expresiones, de Dios mismo. De este modo la profecía de Amós empieza modestamente: “Las palabras de Amós”, pero a través del libro oráculo tras oráculo está introducido por alguna expresión como: “Así ha dicho Jehovah” (2:6) o “así ha dicho el Señor Jehovah” (3:11). Jeremías ve la revelación de Dios lle gando casi como un dictado directo, así que cuando el mss. original es destruido  Dios generosamente entrega de nuevo el mensaje (Jer. 30:2; 36:27–32). David insiste en que “las palabras de Jehovah son pa labras puras, como plata purificada en horno de tierra, siete veces refinada” (Sal. 12:6). Cuando extendemos nuestra investigación al NT encontramos a los escritores, uno tras otro, declarando “Dios dice” para referirse a algo que se en cuentra en uno u otro libro canónico.  Cuando los escritores del NT se refieren a lo que Moisés o Isaías o algún otro dijo (p. ej. Rom. 9:29; 10:19) ellos se están refiriendo a lo que Dios mismo les ha dicho a esos escritores del AT cuando se dirigió a ellos (p. ej. Rom. 9:15, 25). Además, ellos pueden decir que “Dios dice” o “El Espíritu Santo dice” aun cuando citan pasajes de la Escritura donde de he cho Dios no está hablando directamente al escritor del AT (p. ej. Heb. 7:21, 10:15).  A veces se emplea una fórmula más larga, p. ej. “lo que habló el Señor por medio del profeta, diciendo” (Mat. 1:22), “El Espíritu Santo habló de antemano por boca de David” (Hech. 1:16).         

Este resumen breve de la evidencia procura mostrar que Dios se ha revelado en muchas formas, pero especialmente en la revelación verbal.  Hemos visto que la evidencia es inseparable de la Escritura misma, pero no hemos indagado muy profundamente en esa dirección.  Antes de proceder, hay un elemento relacionado con la revelación bíblica que tiene que ser mencionado brevemente.

La Palabra de los Seres Humanos

Aun una lectura rápida de la Biblia muestra que no es el producto de un dictado divino, como tampoco que ha descendido del cielo en tablas de oro.  Además de declarar su revelación y su autoridad divinas, la Biblia es un documento asombrosamente humano o, más precisamente, 66 documentos humanos.  Los últimos escritores del canon citan a los autores humanos por nombre, tratando muchos de los libros como productos de personas histó ricas bien conocidas sin insinuar por un instante que esta dimensión humana afecte la autoridad del documento. En verdad algunas de las referencias a las Escrituras del AT se hacen con una informalidad sor prendente. Por ejemplo: “Pues, alguien dio testimonio en un lugar, diciendo” (Heb. 2:6).  Si hemos de pensar claramente acerca de cómo los cristianos deben acercarse a la Biblia, entonces, con más razón debemos afirmar que es la Palabra de Dios (un tema que todavía debe de ser enfatizado) sin ignorar la dimensión humana de las Escrituras.

Hay un número importante de implicaciones. La Biblia no nos llegó de golpe, sino a través de un período aproximado de un milenio y medio, por la mano de muchos seres humanos, siendo la identidad de algunos enteramente desconocida. La primera implicación, entonces, es el hecho de que la Biblia está enraizada profundamente en la historia.  La variedad de autores humanos representan culturas concretas, idiomas, eventos históricos y puntos de vista.  El paralelo obvio, y uno al que a menudo se llama la atención, es la encarnación.  El Hijo eterno, el Verbo preexistente, se hizo carne. El es tanto Dios como hombre. La fórmula clásica sigue siendo la mejor: El eterno Hijo se encarnó en la historia, dos naturalezas, una persona.  Jesucristo no puede ser percibido y creído si se ignora o diluye su deidad o su humanidad.  De igual manera, la  Biblia es ambos, tanto de origen divino como humano.  Es la revelación de Dios, y es un registro  humano.  El mensaje, en referencia a las pala bras mismas, es divino, originándose en el Dios eterno; sin embargo, es profundamente humano, escrito en la historia, un libro con dos naturalezas.  Por supuesto, la analogía no se debe forzar demasiado. Jesucristo es en sí: Dios y hombre, pero nadie afirmaría que la Biblia es Dios y hombre; no es más que un instrumento en la mano de un Dios que se revela.  Jesucristo ha de ser adorado; la Biblia no debe ser adorada.  Sin embargo, la comparación, correctamente restringida, es útil si nos provee de algunas categorías para ayudarnos a comprender lo que la Biblia es, y si nos anima a ser humildes en nuestra actitud cuando nos acercamos a ella. En toda nuestra investigación de la Escritura, nunca debemos desechar la virtud de la humildad, humildad ante un Dios que  tan bondadosamente se acomodó a nuestras necesidades para revelarse a sí mismo poderosamente tanto en la Palabra encarnada como en la palabra escrita.

La segunda implicación es que la revelación preservada en la Biblia no es un sistema abstracto, sea este filosófico, ético o teológico.  El budismo se man tiene o se cae como un sistema de pensamiento: si pudiese ser probado que Gautama el Buda nunca vivió, la religión que lleva su nombre no estaría en peligro. No así el cristianismo.  A pesar de la inmensa diversidad literaria en la Biblia, ésta como un todo relata una historia, y esa historia ocurre en el tiempo y el espacio.  A pesar de los mejores esfuerzos de algunos eruditos de argüir que la fe bíblica nunca debe hacerse cautiva de la investigación histórica, hay un sentido profundo en que la naturaleza de la automanifestación bondadosa de Dios, que toma lugar en la historia ordinaria (no importando cuán espectaculares o milagrosos sean algunos de los elementos de esa revelación), asegura que no puede escapar a la investigación histórica. Si Jesucristo nunca vivió, el cristianismo es destruido; si él nunca murió en la cruz, el cristianismo es destruido, si nunca resucitó de los muer tos, el cristianismo es destruido.  No obstante, siendo Dios el objeto último de la fe cristiana, esa fe es incoherente si ésta afirma una fe en el Dios de la Biblia pero no en el Dios que según la Biblia se revela en la historia que es mayormente accesible y sujeta a prueba. En resumen, los elementos de la extensa historia bíblica son esenciales para la integridad del mensaje cristiano.

En tercer lugar, porque la Biblia es precisamente tan humana, incluye no solamente la bondadosa revelación que Dios nos da de sí mismo, sino también el testimonio humano acerca de Dios.  El libro de Hech., p. ej. relata muchos incidentes en que los apóstoles audazmente confrontaron a las autoridades quienes trataron de silenciarles, y la confianza inconmovible de estos primeros cristianos está ligada con la convicción inquebrantable de que Jesús había resucitado de entre los muertos.  Ellos lo habían visto; además, según Pablo, cerca de 500 testigos lo habían visto (1 Cor. 15).  Muchos de los salmos ofrecen vívidos testimonios  de cómo aquellos que creyeron en el Dios vivo reaccionaron ante las circunstancias cambiantes y a las tormentas de la vida. Más ampliamente, muchas personas descritas en la Escritura o escribiéndola están profundamente comprometidas con sus contemporáneos.  No son simplemente secretarios anotando un dictado. Digamos que uno no puede leer de la pasión de Pablo en 2 Cor. 10–13, o de la indignación moral de Amós, o del dolor profundo reflejado en Lam. o Hab., o la preocupación de Judas al enfrentar la apostasía teológica, o el testimonio profundamente comprometido de Mateo y Juan, o el transparente afecto de Pablo por los fi lipenses, sin reconocer que la Biblia muestra que fue escrita por personas verdaderas.  Con todo muchas de ellas están siendo usadas para entregar la verdad de Dios a futuras generaciones, también dan testimonio de su propia experiencia con Dios.

Estas tres implicaciones se juntan en una cuarta.  Los autores humanos de la Biblia, como hemos visto, están profundamente inmersos en la historia; ellos relatan su parte de la historia, dan testimonio.  Lo que descubrimos es que los últimos escritores bíblicos no sólo dan por sentada la historicidad de los mayores eventos históricos redentores (tales como el pecado, la caída en el huerto de Edén, el llamado de Abraham y el pacto de Dios con él, el éxodo y la entrega de la ley, el surgimiento de los profetas, el principio de la monarquía davídica, el ministerio, muerte y resurrección de Jesús), sino aun los registros bíblicos de eventos relativamente menores también son considerados como dignos de confianza.  La reina de Saba visitó a Salomón (Mat. 12:42; Luc. 11:31, 32); David comió el pan consagrado (Mar. 21:25, 26); Moisés levantó la serpiente en el desierto (Juan 3:14);  Abraham dio el diezmo del botín a Melquisedec (Heb. 7:2); ocho personas fueron salvadas en el arca (1 Ped. 3:20); la mula habló a Balaam (2 Ped. 2:16), para dar unos pocos ejemplos.  Uno de los ejemplos más intrigantes se encuentra en los labios de Jesús (Mat. 22:41–46; Mar. 12:35–37).  Jesús cita el Sal. 110, el cuál según la inscripción es de David.  La cosa importante de observar es que la validez del argumento de Jesús depende completamente de el asumir que la inscripción es correcta.  Si ese Salmo no fue escrito por David, entonces David no habló del Mesías como su Señor. Cuando se refería a “mi Señor” ¿de qué “Señor” habló? Digamos que si un cortesano hubiese compuesto el Salmo, entonces el “mi Señor” fácilmente podría entenderse como refiriéndose a David mismo o a alguno de los monarcas que le sucedieron (como suponen muchos críticos modernos).  Pero si, al igual que Jesús, tomamos  la inscripción como verdadera, entonces es casi inevitable una interpretación mesiánica del Salmo. En resumen, las referencias históricas no son sólo abundantes y entrelazadas, sino que dondequiera que la Escritura hace referencia a ejemplos anteriores nunca causa una sospecha en el sentido de que el relato sea engañador, no histórico, o correcto sólo en el plano de lo teológico o algo parecido.

Finalmente, dado que la Biblia fue escrita por muchas personas a través de muchos siglos, uno no puede sorprenderse de que contenga tantos tipos literarios.  La poesía y la prosa, la narración y el discurso, el oráculo y el lamento, la parábola y la fábula, la historia y la teología, la genealogía y la apocalíptica, el proverbio y el salmo, el Evangelio y la epístola, las leyes y la literatura sapiencial, la misiva y el sermón, las coplas y la épica: la Biblia está compuesta de toda esta variedad de géneros literarios y más. Patrones de pactos emergen con algunos parecidos a los tratados de los heteos, ta blas de deberes caseros se encuentran con semejanzas asombrosas a los códigos de conducta del mundo helénico. Estas realidades, un producto de la naturaleza humana de la Biblia, necesariamente afectan cómo nos acercamos a la Biblia para interpretarla correctamente.

 

 
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